IBIZASCOPE

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Desde la dote a los bailes tradicionales: Las joyas ibicencas

Desde la dote a los bailes tradicionales: Las joyas ibicencas

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La vestimenta tradicional ibicenca es producto de las condiciones de aislamiento y autosustento que caracterizó la vida cotidiana en la isla desde siglos atrás

Recurriendo a las materias primas disponibles, como la lana, el lino y el cáñamo, e incorporando posteriormente nuevos tejidos como el algodón, el textil ibicenco se solía confeccionar en telares domésticos, normalmente después de las duras jornadas de trabajo.

El vestido más antiguo de la mujer payesa eran las gonellas negras, vestidos que incorporaban varias faldillas. Otros incorporaron color y algún discreto estampado, y otros ya más elaborados, de color blanco, se reservaban para los días de fiesta y el festeig, o periodo de cortejo donde los pretendientes visitaban uno a uno a la joven, en presencia de la madre. Es en este contexto donde entra en escena una de las grandes figuras de la cultura popular ibicenca: la emprendada. Con diseños que se remontan al S. XVIII, la emprendada es el conjunto de joyas que la mujer exhibía, junto al vestido de gala, como dote ante los demás y, sobre todo, ante las familias de los pretendientes.

Con el fin de preservar la unidad de las fincas, las familias no solían dejar tierras en herencia a las hijas. Las primeras se reservaban para el hijo mayor, (s’hereu) y para compensar y resultar buen partido, a las hijas se les reservaba la emprendada, que iba creciendo en número de piezas y calidad de sus elementos a medida que la familia prosperaba. De hecho, la emprendada servía para medir el nivel de riqueza de cada familia. Una vez que la mujer contraía matrimonio, la emprendada se utilizaba como ornamento de prestigio social en las fiestas, ceremonias y eventos religiosos.

El conjunto que forma una emprendada es el resultado de finísimos trabajos de orfebrería y joyería sobre piedras y metales preciosos. Se suele componer de diversos collares, cadenas, cruces, medallones y broches.

Las emprendadas suelen ser de dos tipos. La más antigua se componía de plata y coral rojo, al que se le atribuían propiedades protectoras. El coral rojo se obtenía de los fondos marinos de la isla y la plata de las antiguas minas de Sant Carles (s’argentera). Estaba formada por varias hiladas de collares de coral a modo de rosarios, entrelazados y cerrados con una malla de plata, de la cual colgaba un crucifijo de plata con filigranas, y una joia, que consistía en un relicario con vidriera que contenía la imagen de una virgen, profusamente adornada con piedras preciosas, cadenillas y filigranas. A veces se añadían las agustinades, otro pequeño conjunto de collares de coral y nácar, sujetos a los hombros.

La emprendada más moderna incorporó el oro laminado con filigranas, y básicamente está formada por un collar de dos filas de piezas bicónicas (el collaret), un colgante en forma de cruz -que incorpora una roseta en el centro- la joia, varias hileras de cordoncillo y una pareja de alfileres rectangulares decorados.

La emprendada, que se transmitía de madres a hijas, formaba parte de un conjunto más amplio de ornamentos profusamente trabajados, que incluía los pendientes, los botones de las mangas y los anillos. Los pendientes se lucían también en ocasiones especiales y suelen de ser de oro y fina filigrana. Los anillos (la anellada), por su parte, los recibía la mujer tras el matrimonio, de su marido que, a su vez, los heredaba de su madre si era el hijo mayor (hereu). Si no era así, el marido los debían encargar, suponiendo un alto coste económico. La tradición mandaba que el consorte le regalara hasta 24 anillos a su esposa, que podían ser de oro y plata. Los motivos podían ser diversos, desde el segell (sello) que representaban a la familia en cuestión, reservado a los anillos de mayor tamaño, normalmente cuadrados, hasta figuras decorativas como flores o cadenillas con un pequeño corazón y llavecita, que solían emplearse en los anillos de menor tamaño. Lo habitual es que se colocaran tres anillos en cada dedo, a excepción del pulgar. Todos ellos exhibiendo elaboradísimos acabados realizados por expertos orfebres.

La tradición de maestros joyeros continúa con un pequeño pero selecto grupo de artesanos que trabajan para que este patrimonio cultural continúe brillando con luz propia.